No puedo más. Llegué a un límite. Mi mente no resiste más, mi cuerpo menos. Todo se me fue de las manos. No sé quien soy, no sé qué me pasó. Pero creo que fui siempre así, solo que todo este tiempo traté de ocultarlo, de no aceptar lo que realmente era. No voy a cambiar, eso es una certeza. No puedo hacerlo, por mucho que lo desee. Y no estoy dispuesta a esperar a ver cómo el paso de los años me destruye cada vez un poco más. No. No pienso esperar a que eso pase. No podría soportarlo.
Me doy lástima. Me entristece pensar que mi vida fue, es y será una pena. La vida pasa delante de mis ojos mientras estoy sentada, mirando, quieta, sin participar de ella. Resulta demasiado doloroso. Porque, aunque suene ilógico, mi mayor deseo es vivir. Poder vivir feliz, tener una vida normal. Envidio aquellas personas que tuvieron la suerte de nacer distintas a mí ¿Por qué el destino me hizo así? ¿Por qué yo y no otro? Maldigo mi mala suerte.
Es demasiado tarde para cambiar. Cada cosa que me hizo ser como soy no se borra simplemente con voluntad. Ya está. Soy así. Y por eso siento que me hundo cada vez más. Si hay una salida hoy en día me queda muy lejos, no puedo alcanzarla, no tengo las fuerzas. Ni siquiera estoy segura de que haya una salida.
Solo resta seguir esperando, seguir presenciando el paso del tiempo. Siempre tratando de ser otra, siempre ocultando aquello que me atormenta, siempre fingiendo una vida que nunca tuve y nunca tendré.
Todavía no me lo creo por completo. Sé que así no puedo seguir. Sé que necesito tomar una decisión. Pero me da miedo. Temo que esa decisión que anda merodeando mi cabeza sea el alivio que necesito y a la vez el error más grave de mi vida. Necesito pensar. Necesito parar.
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